Música de las esferas

Música de las esferas[1]

Esta teoría filosófica pitagórica, postulaba que el universo como si de un instrumento se tratase, a través del movimiento de las esferas producía una serie de sonidos. Esto es, las esferas, al moverse, producirían una serie de sonidos, los cuales no serían perceptibles por el hombre por haberse acostumbrado éstos a ellos con el paso de los años.

Esta observación no está nada alejada de la realidad, se ha descubierto que la atmósfera del Sol emite realmente sonidos ultrasónicos y que interpreta una partitura formada por ondas que son aproximadamente 300 veces más graves que los tonos que pueda captar el oído humano[2].

Para los pitagóricos, por tanto, el Universo manifiesta proporciones “justas”, establecidas por ritmos y números, que originan un canto armónico. El cosmos, a sus ojos, es por tanto un sistema en el que se integran las siete notas musicales con los siete cuerpos celestes conocidos entonces (el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles). A estos planetas se añadían tres esferas suplementarias que alcanzaban el 10, el número perfecto (al igual que el tetraktys).

La tradición que consideraba al Universo como un gran instrumento musical se prolonga durante la Edad Media y hasta el siglo XVII. El astrónomo Kepler (1571-1630), en su obra Harmonices Mundi, estableció que un astro emite un sonido que es más agudo tanto en cuanto su movimiento es más rápido, por lo que existen intervalos musicales bien definidos que están asociados a los diferentes planetas. Kepler llegó a componer seis melodías que se correspondían con los seis planetas del sistema solar conocidos hasta entonces. Al combinarse, estas melodías podían producir cuatro acordes distintos, siendo uno de ellos el acorde producido al inicio del universo, y otro de ellos el que sonaría a su término.

Kepler obtiene la siguiente escala de canto duro: Sol (Saturno en el afelio), La (sonido vacante), Si (Saturno en el perihelio y Júpiter en el afelio), Do (Marte en perihelio), Do # (Mercurio en el afelio), Re (Júpiter en el perihelio), Mi (Mercurio en perihelio y Venus en afelio), Fa # (Marte en afelio) y Sol (Tierra en afelio). En esta relación, como apunta Kepler en la cita anterior, faltan los movimientos en el perihelio de Venus y la Tierra y el del afelio de Mercurio.

 

Einstein, por ejemplo, descubrió la Relatividad porque estaba convencido de la armonía del Universo.  El nuevo lenguaje de la física y la astrofísica habla de espectros, frecuencias, resonancias, vibraciones y de análisis armónico, según el cual una señal variable en el tiempo puede describirse mediante una composición de funciones trigonométricas.

En este contexto de búsqueda de la armonía, un satélite enviado al espacio, en abril de 1998 por la NASA, el Transition Region and Coronal Explorer (TRACE), ha encontrado que la atmósfera del Sol realmente “suena”, debido a que está llena de ultrasonidos en forma de ondas[3]. Se trata de un “ultrasonido solar” que interpreta una partitura formada por ondas 300 veces más profundas que el sonido de la más profunda vibración audibles por el oído humano, con una frecuencia de 100 mili Hertz en periodos de 10 segundos y que en diez segundos estas ondas se convierten en ultrasónicas debido a que los átomos individuales experimentan en el Sol sólo unas pocas colisiones durante el paso breve de cada onda, al igual que ocurre con el ultrasonido aquí, en la tierra.

Un hertz es la frecuencia de un fenómeno periódico cuyo periodo es 1 segundo. El ser humano no puede escuchar sonidos de frecuencia menor a 16 Hz (sonidos infrasónicos), ni mayor de 20 kHz (sonidos ultrasónicos o supersónicos).
En el mito de Er (La República), Platón nos ofrece una adaptación imaginativa de la armonía de las esferas. Decribe ocho notas diferentes, que conforman una armonía  que eran emitidas por sirenas sentadas en una órbita, las cuales representaban la esfera de las etrellas fijas y los siete planetas.

El mito habla de “El huso de la Necesidad”. El cosmos está representado por el Huso acompañado por sirenas y las tres hijas de la diosa Necesidad, conocidas colectivamente como Las Moiras. Su tarea es mantener el giro del huso. Las Moiras, las Sirenas y el Huso son utilizados en La República, en parte, para ayudar a explicar cómo los cuerpos celestes giraban alrededor de la Tierra de acuerdo con el entendimiento de Platón de la cosmología y la astronomía.

Colocados en la espira de su huso celeste había 8 “órbitas”. Cada una de estas órbitas creaban un círculo perfecto. Platón describe cada “órbita”, que, sin duda, representan a los cuerpos conocidos de nuestro sistema solar. En función de las descripciones de Platón, estas órbitas pueden ser identificadas como las de los planetas clásicos, que se corresponden con las esferas planetarias aristotelianas: Órbita 1 – Estrellas, Órbita 2 – Saturno, Órbita 3 – Júpiter, Órbita 4 – Marte, Órbita 5 – Mercurio, Órbita 6 – Venus, Órbita 7 – Sol, Órbita 8 – Luna


[1] Las ondas sonoras no se pueden propagar en el espacio vacío pero sí lo hacen las ondas electromagnéticas que pueden ser grabadas con espectógrafos. El universo primigenio, justo después del Big Bang era un plasma compuesto principalmente por electrones , fotones, protones y neutrones. Los electrones no se podían unir a los protones y a los neutrones para formar átomos porque la temperatura de dicho plasma era muy alta, por lo que los electrones interactuaban constantemente con los fotones (partículas/ondas de luz). A medida que el universo se fue expandiendo, el plasma se enfría hasta permitir que los electrones se combinen con protones y formen átomos de hidrógeno. Esto ocurrió unos 380000 años después del Big Bang. A partir de ese momento, los fotones pudieron viajar libremente a través del espacio sin colisionar con los electrones dispersos. La radiación de fondo de microondas es precisamente el resultado de ese periodo, es el ruido que hace el universo, o sea, el eco que quedó de la gran explosión que dio le dio origen. En el año 1964 los físicos Arno Alan Penzias y Robert Woodrow Wilson, mientras trabajaban en el diseño de una antena encontraron, de forma casual, una fuente de ruido en la atmósfera que no podían explicar. Finalmente la identificaron como radiación cósmica de fondo de microondas lo que confirmaba lo expuesto en el párrafo anterior y por tanto la teoría del Big Bang. Este hallazgo les supuso catorce años después el premio Nóbel de física. Esta radiación es la famosa “nieve” que se ve en nuestro televisor cuando lo tenemos en funcionamiento sin sintonizar ningún canal.

 

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